Si alguien
esperaba una gran transformación tras la asunción de Keiko Fujimori al mando de
la nación peruana, hay que decirle que sufre de una grave inflamación de
expectativas. Como dije en mi posteo anterior sobre la inesperada victoria de
Fujimori en las elecciones 2026, a Keiko le basta con ser Keiko para que su
gobierno sea ostensiblemente mejor que el del infausto golpista Pedro Castillo.
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| Imagen: Ruslan Sikunov |
Para
empezar, no vemos una corrida de capitales en los primeros días del gobierno;
eso ya es ganancia. Tampoco percibimos una sensación galopante de
inestabilidad. Al menos de momento no lo vemos. Sí, ya sabemos que en Perusalém
lo único que podemos esperar es lo inesperado. Sin embargo, es muy raro ver por
estos días a los habituales profetas de café anunciando la inminente vacancia
de la presidenta Fujimori.
Cierto es
que no son pocos los que sueñan con defenestrarla, e incluso los acólitos del
sombrero tienen la desfachatez de poner de ejemplo la infausta gestión de su
líder como muestra de buen gobierno (es más gracioso porque es verdad).
El primer gabinete: expectativas bajas y sabor a parches
Sin embargo,
tener la valla baja, muy baja, microscópicamente baja, no es pretexto para la
falta de rumbo —o su apariencia, en todo caso—. En ese sentido, el primer
gabinete del segundo fujimorismo no parece el ideal por donde se le mire. Creo
que todos esperábamos más de una propuesta que lleva 20 años en búsqueda de
consolidarse, y lo que estamos viendo es un equipo que parece compuesto a puros
parches.
Hay figuras
respetables, ciertamente, y excelentes técnicos, pero el observador imparcial
podría argüir que, siendo el fujimorismo la principal fuerza electoral y el
partido político más sólido de nuestro país, se esperaba que presentara sus
cuadros sólidos y no (salvo honrosas excepciones) una añeja colección de viejos
conocidos de la política nacional.
¿Será que
estamos viendo una reedición, con tintes naranjas, de la situación que afrontó
el gobierno de Pedro Pablo Kuczynski cuando no tenía quién responda al otro
lado del teléfono a la hora de convocar nuevos ministros durante su breve paso
por la Casa de Pizarro?
Urgencias nacionales: economía, seguridad y bienestar
El Perú es
un país de urgencias: se viene el fenómeno del Niño y la criminalidad alcanza
cifras notables. Según datos del Ministerio Público, se hallan registradas 12
634 denuncias de extorsión y chantaje. Si consideramos que solo una fracción de
estos delitos son reportados —lo que en criminología se enuncia como «la cifra
negra de la criminalidad»—, se indica que el 85 % de los delitos de extorsión y
chantaje no se denuncian.
Entre
noviembre de 2025 y abril de 2026, las cifras del INEI indican que la
percepción de inseguridad en la zona urbana alcanza el 83,2 % de la población
mayor, mientras que la tasa de victimización en este mismo segmento etario —es
decir, aquellos que han sido víctimas de algún robo u otro tipo de acto
delictivo— constituye un alarmante 24,8 %.
Nuestra
nación tampoco ha recuperado los niveles de bienestar que, con trabajo y muchas
veces de manera precaria, había alcanzado en la etapa previa a la pandemia. La
actual tasa de pobreza monetaria se sitúa en un 25,7 %, es decir, 5,5 puntos
porcentuales por encima de donde nos encontrábamos en 2019. A los niveles
actuales de crecimiento, la recuperación de los niveles prepandemia recién
sería alcanzada en 2030.
La evolución del liderazgo en el fujimorismo y el fujimorismo contemporáneo
Quizás el
problema de fondo obedezca a una desmesurada inflación de expectativas.
Fujimori lleva encima, para lo bueno y para lo malo, la herencia del primer
gobierno de su padre, el ing. Alberto Fujimori. Se pueden decir muchas cosas de
don Alberto, pero tibio no era. Una vez que, cual criollo Saulo de Tarso,
asumió el credo de la reactivación económica camino a Washington, lo asumió sin
cortapisas.
El
antropólogo Carlos Iván Degregori, en La década de la antipolítica, comparaba
a Alberto Fujimori con un cirujano dispuesto a aplicar la amputación del
miembro en una tienda de campaña, con los implementos disponibles y sin
anestesia. Nadie va a decir que Degregori era afín —de hecho, era un crítico
acérrimo del fujimorismo—, pero esa figura es algo que los fujimoristas podrían
aceptar de muy buen agrado para referirse a su líder. Esa decisión es la que no
se ve en Keiko Fujimori.
De outsiders a políticos profesionales
Hay que ver
la diferencia central entre Alberto Fujimori y Keiko Fujimori para entender
algo del cambio que ha tenido el fujimorismo como movimiento y en su manera de
actuar. Alberto Fujimori era un outsider, alguien que se construyó —al
menos parcialmente— fuera de las cúpulas partidarias, aunque es sabido que alguna
cercanía sí tenía. Su discurso era antipolítico y apuntaba contra la clase
política tradicional.
A diferencia
de su padre —un ingeniero agrónomo que venía, además, del campo universitario—,
la presidenta Keiko Fujimori es una política profesional en el sentido
weberiano, es decir, alguien que vive de la política, por la política y para la
política.
Hoy en día,
el fujimorismo ya no es aquel movimiento antisistémico que emergió en los
noventa y pretendía desplazar a los erróneamente llamados partidos políticos
tradicionales.
Digo
erróneamente llamados porque, como sostenía el tempranamente desaparecido
periodista y politólogo Pedro Planas, no existía en nuestra nación —y hay que
decir que sigue sin existir— una institucionalidad política a la cual considerar
como tradicional en nuestro sufrido país.
Hoy en día,
el fujimorismo es el partido político más sólido y organizado del país,
habiendo desplazado aparentemente de este lugar al otrora todopoderoso Partido
Aprista Peruano.
Entre la apertura política y la inacción de gobierno
Habiendo
reemplazado su orientación inicial de movimiento antipolítico a partido
político estructurado, hay cierta coherencia en entender que el segundo
fujimorismo esté orientándose —o al menos proyectando la intención de orientarse—
hacia la convergencia con figuras de otras tiendas ubicadas dentro de su mismo
segmento político. Reciclaje, dirían algunos.
Hay que
recordar, sin embargo, a los más duros críticos desde la derecha que el
fujimorismo fue bastante abierto en sus primeras convocatorias. Carlos Hurtado
Miller, por ejemplo, provenía de las filas de Acción Popular; el ahora
renovador Absalón Vásquez, de las filas del APRA; y Gloria Helfer, de
reconocida trayectoria izquierdista, fue su ministra de educación. Por solo
mencionar a los más reconocidos.
El problema
de fondo no es la convergencia de actores; el problema es la aparente inacción
de los primeros días. El gobierno se siente como ausente y el Perú sigue
sufriendo. No es la crisis terminal de los noventa, pero es una fiebre
persistente que mina sin descanso las posibilidades de desarrollo del país y
debilita la escasa fe en la democracia que todavía nos queda.
La
presidenta tiene todavía dos meses de «luna de miel» para convencernos de que
puede imprimir un cambio de rumbo en la deriva nacional. Su lugar en la
historia y la consolidación del fujimorismo como partido político dependen de
ello, o será una decepción más en la vida peruana. Entonces hablaremos del
postfujimorismo, pero es muy temprano para ello.
Hasta proxima ocasión
Iván A. Budinich Castro
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